La biografía de nuestra escuela inicia con Elena Herbón, su fundadora, quien un día comenzó a desearla, imaginarla, hasta que el impulso fue tomando forma y se plasmó en la tierra.

Desde el nacimiento, Elena pensó a Clara de Asís como una escuela inclusiva, que acogiera a la diversidad de niños jóvenes y familias. Por tal razón, desde su fundación junto con los maestros, se incorporaron también terapeutas, quienes hacían un trabajo especializado. Desde aquellos años, con el corazón abierto recibimos las distintas necesidades y disponemos nuestra voluntad para cumplir con la tarea a la cual se nos convoca como maestros y terapeutas.

Es grande la riqueza que se vivencia en el aula cuando aprendemos a convivir con nuestros talentos y también con nuestros impedimentos. A esto le sumamos que la pedagogía Waldorf tiene una currícula para cada etapa evolutiva de los niños y jóvenes y así la educación se torna sanadora.

El Aula Complementaria de la secundaria nos convoca cada día al trabajo en conjunto y al desafío de profundizar el principio sanador de nuestra pedagogía, con el fin de aportarle a cada joven lo que en ese momento esté necesitando.

Aquí les compartimos algunas perlas de la época de la celebración de la Pascua que realizamos en el aula complementaria. Los jóvenes escucharon el cuento de la Semilla Milagrosa de Leon Tolstoi, hicieron un proceso de pintura social con acuarelas y cerramos la época con un encuentro compartido con los jóvenes y sus padres, en la que cantamos, danzamos, llevamos a cabo un trabajo artístico de mándalas con los tesoros otoñales y compartimos una rica merienda.

Con la alegría y la esperanza del trabajo en conjunto y la riqueza del encuentro humano, les compartimos el cuento para quien lo quiera leer y algunas imágenes de lo vivido.

La semilla milagrosa

Una vez unos chiquillos encontraron en un barranco un objeto parecido a un huevo de gallina. Tenía un surco en el medio, como una semilla. Un caminante vio aquel objeto y lo compró por cinco kopeks.

Al llegar a la ciudad se lo vendió al zar como una cosa curiosa.

El zar llamó a los sabios y les mandó averiguar si se trataba de un huevo o de una semilla. Estos reflexionaron mucho, pero fueron incapaces de dar una contestación. Dejaron aquel objeto en el alféizar de una ventana cuando, de pronto, llegó una gallina y lo picoteó hasta hacer un agujero. Entonces todos vieron que se trataba de una semilla. Llegaron los sabios y dijeron al zar:

–Es un grano de centeno.

Muy sorprendido el zar mandó a los sabios que se enteraran dónde y cuándo había brotado ese grano. Los sabios meditaron mucho, consultaron muchos libros, pero no pudieron encontrar nada sobre el particular.

–No podemos darte una contestación. Nuestros libros no dicen nada acerca de esto. Es preciso preguntar a los mujiks; tal vez alguno de los viejos haya oído decir cuándo y dónde se ha sembrado ese grano.

El zar ordenó que le trajeran al campesino más viejo. Llevaron a su presencia a un hombre viejísimo y desdentado que apenas podía caminar con dos muletas.

El zar le enseñó el grano pero el viejo casi no veía. A duras penas pudo examinarlo forzando la vista y palpando con las manos.

–¿Sabes por casualidad, abuelito, dónde ha brotado este grano? –preguntó el zar– ¿Has sembrado granos de esta clase o los has comprado en alguna parte?

El viejo era sordo y a duras penas entendió las palabras del zar.

–No: nunca he sembrado granos así en mis campos; no los he cosechado ni los he comprado. Cuando he comprado grano siempre era muy menudo. Es preciso preguntar a mi padre, tal vez sepa dónde ha brotado ese grano –respondió.

El zar ordenó que le trajeran al padre del viejo. Fueron a buscarlo y lo llevaron al palacio. Era un hombre viejo pero venía con una sola muleta.

El zar le enseñó el grano. El anciano veía bastante bien y pudo examinarlo.

–¿Sabes dónde ha brotado este grano, abuelito? ¿Lo has sembrado en tus campos o lo has comprado en alguna parte?

Aunque el aciano era duro de oído, oía mejor que su hijo.

–No, no he sembrado granos así en mis campos ni los he cosechado nunca. Tampoco los he comprado porque en mis tiempos no teníamos esa costumbre. Todos comían su propio pan, y en caso de necesidad se lo repartían unos con otros. No sé dónde ha brotado este grano. Aun cuando en mis tiempos el grano era más grande que el de ahora, jamás vi uno como éste. He oído decir a mi padre que en sus tiempos las cosechas eran mejores que las actuales y que el grano era más grande. Será preciso preguntárselo a él.

El zar envió en busca del anciano. Lo encontraron y lo llevaron a su presencia. Venía sin muletas y andaba ligero. Tenía los ojos radiantes, oía bien y hablaba con claridad. El zar le enseñó el grano. Después de mirarlo por todos lados, el anciano dijo:

–Hace mucho que no he visto un grano de los antiguos –mordió el grano tras de masticarlo, añadió–: pero es idéntico, no cabe duda.

–Dime abuelito, cuándo y dónde ha brotado este grano. ¿Has sembrado tú granos semejantes en tus campos o los has comprado alguna vez?

–En mis tiempos estos granos crecían por doquier. Toda la vida me he alimentado y he dado de comer a mis gentes pan hecho con granos de esta clase.

–Dime, abuelito, ¿los comprabas o los sembrabas tú mismo en tus campos?

–En mis tiempos a nadie se le hubiera ocurrido cometer semejante pecado.

Nadie vendía ni compraba; ni siquiera se conocía el dinero. Cada cual tenía todo el pan que deseaba –replicó el anciano sonriendo.

–Dime entonces, abuelito, dónde sembrabas este grano y dónde estaban tus campos.

–Mis campos estaban en cualquier sitio de la tierra de Dios. Cualquier lugar que labrase era mío. La tierra era libre, nadie la consideraba como una propiedad. Lo único que llamábamos “nuestro” era el trabajo.

–Quisiera que me dijeras aun por qué ese grano nacía en otro tiempo y hoy día no nace y por qué tu nieto ha venido con dos muletas, tu hijo con una sola y tú sin ninguna. ¿Por qué andas ligero, por qué tienes los ojos radiantes, fuertes los dientes y tus palabras son claras y afables? Dime, abuelito, el motivo de estas cosas.

–Estas cosas suceden porque los hombres han dejado de vivir su propio trabajo y codician el ajeno. Antiguamente no se vivía así sino según las leyes de Dios; cada cual era dueño de lo suyo y no ambicionaba lo de los demás. FIN

León Tolstoi (Conde Leo Nikolaievich Tolstoi), 1828-1910, fue uno de los más grandes escritores rusos de todos los tiempos. Al morir, en una humilde estación de ferrocarril, huyendo de su familia y acompañado de su amada hija Alejandra, planeaba una retirada vida de campesino. Pero dejaba tras él una obra monumental: La guerra y la paz, Ana Karenina, La muerte de Ivan Illitch, Resurrección, La sonata a Kreutzer, Amo y criado, Los cosacos, el Poder de las tinieblas, etc.

Fuente: «Leer por leer» Ministerio de Educación

Leon Tolstoi