
Una ronda grande. Estamos todos y todas, de primero a séptimo. Cada grupo comparte un pequeño fruto del trabajo de estos meses. La Naturaleza hizo lo propio: ¡cuántas calabazas nos regaló! Tantas, que tercero, cuarto y quinto cortaron kilos y kilos y cocinaron una gran sopa que todos degustamos. Sonaron las flautas y los violines. Sonaron las guitarras. Un cuento: «El rey Sol, la reina Luna». Se escucharon las vocecitas alegres que iluminaron la mañana otoñal, un tanto gris. Hubo coronas de hojas. Hubo poesía, ritmo y danza. Pequeño gran tesoro para el mundo: niños, niñas, maestros y maestras unidos para agradecer, compartir, estar. En un tiempo presente e infinito a la vez.
Esto hacemos. Esto somos. Un refugio para que el alma infantil se desarrolle en libertad, más allá de los desafíos y dificultades. Seguimos honrando la infancia. Y la Naturaleza nos abraza.
¡Feliz otoño!

Fiestas y celebraciones que marcan el ciclo anual, construyendo la noción de tiempo y espacio:
En relación a la geografía y la historia como materias formales, en esta conferencia y en la 11, Steiner indica que son adecuadas recién a partir del segundo ciclo. “Aunque pudiéramos traducir al lenguaje infantil [los hechos históricos], no podríamos despertar en el niño la verdadera comprensión por los impulsos históricos, si quisiéramos transmitírselos antes de los 12 años. Antes de esa edad podemos explicarle historia en formas de relatos ¡eso lo captará! Pero no entenderá los nexos históricos.” (conferencia 8) Es habitual que cuando relatamos historias de la antigüedad antes de los 12 años, aparezcan elementos modernos en los dibujos: luz eléctrica, por ejemplo. Si bien esto nos indica, por un lado, que debemos ser más minuciosos en la descripción, también nos demuestra que los niños no tienen un verdadero sentido del tiempo y las relaciones históricas, temporales.
Ya desde el saludo individual por la mañana, empieza el desarrollo del ser social, del ser humano como parte de una sociedad.
Si pensamos en el arco de las ciencias sociales a lo largo de la escuela primaria, en relación al concepto del tiempo, éste no aparece como tal hasta el cuarto grado aproximadamente. El niño pequeño que ingresa a la primaria vive en el presente. Tiene noción de un pasado cercano, un pasado lejano y ciertos planes puntuales para el futuro. «Ayer fui a lo de mi abuela. El otro día (quizás fue la semana pasada o hace años) fui al mar. Voy a ir a lo de mi primo otro día. Quizás hoy a la tarde, quizás en las vacaciones de invierno…» También tiene noción de un pasado remoto, “Érase una vez”… Sin embargo, a través de los ritmos de la naturaleza y de ciertos rituales que podemos ir construyendo, el niño empieza a desarrollar una vivencia del devenir del tiempo. Las estaciones del año, en latitudes como la nuestra, en las cuales son bastante diferenciadas, dan una idea del año. Si celebramos el otoño, cantando canciones y poemas o con una fiesta en el corazón mismo de la estación, decorando el aula con hojas secas, preparando un pizarrón especial; si celebramos el invierno con la fiesta de los farolitos, encendemos el fueguito en la salamandra, vivimos la naturaleza, vemos como sale vapor de la boca cuando corremos, si sentimos la nariz y los deditos fríos en invierno; si celebramos la primavera con nuestra coronas de flores y comemos frutillas frescas, si al inicio del año escolar vivenciamos los frutos del verano en nuestras mesas de estación, compartimos melón, sandía… el niño va relacionando las distintas etapas del año, con sus vivencias personales. Empieza a notar que el sol se esconde más temprano, así que seguramente falta poco para la peña de mayo, en la cual vamos a escuchar folklore, bailar la chacarera y comer pastelitos.
Con la fuerza de la vida que vuelve a surgir, celebramos Micael. Ha llegado la primavera. Entonces llega el calor y este año de tanto trabajo, desafíos, alegrías, encuentros, empieza a finalizar. Vemos que los más grandes se van a sus campamentos, hay menos niños en la escuela por momentos, preparamos alguna ronda o teatro para compartir con las familias y, casi llegando al final, la maestra nos cuenta sobre el camino a Belén, hacemos estrellas plegadas, pesebres de arcilla, transparencias, galletitas y cuando el sol está bien fuerte afuera, nos vamos a las vacaciones y en casa celebramos el nacimiento del Sol espiritual (luminoso y amoroso como el sol del verano) en la figura del niño de Belén.
En el alma del niño se cumple el ciclo. Un gran descanso y volver a empezar. Y así, año tras año, aparecen estos hitos que dan seguridad al alma infantil y que la reconfortan.
Del mismo modo, el ritmo semanal colabora en la percepción del tiempo. La relación entre el color del mantel de cada día, el alimento y las materias especiales, va armando una lógica temporal para los niños. Y escuchamos frases como: «Ah! Hay mantel violeta, así que vamos a comer arroz y vamos a tejer».
El ritmo diario es el tercero y quizás más cercano: siempre me levanto con el sol, desayuno en casa y vamos a la escuela. Miro el mantel y deduzco qué va a suceder hoy. Y me siento seguro porque siempre primero saludamos a la bandera y compartimos noticias con toda la escuela, luego hacemos la ronda en el aula (que es la misma durante 4 semanas y coincide con lo que trabajamos en el cuaderno), después tocamos flauta y trabajamos en el cuaderno. Después salimos a jugar y merendamos. Luego nos visita algún maestro especial y, antes de irnos a casa, la maestra nos despide con un cuento. Y esto se repite diariamente de lunes a viernes, día tras día, con el paso de las estaciones, durante todo el año escolar.
Para cuando llega el cuarto grado y la noción más abstracta del tiempo, el niño ya ha desarrollado la vivencia de los ritmos de la vida.


















